24/3/08

Egon Erwin Kisch - Robo y asesinato (un crimen perfecto)

Robo y asesinato en el Hotel Bristol

A las cinco de la tarde del 22 de mayo de 1918, en su habitación del exclusivo Hotel Bristol, en Viena, fue hallada asesinada Miss Julie Earl, dama de compañía del barón Vivante y su esposa, huéspedes del establecimiento. Se pudo comprobar que media hora antes Emo Davit, sobrino del barón, había estado presente en la habitación; justo después del arribo de Davit, Miss Julie había traído del cuarto de sus empleadores un cofre repleto de joyas. Se vio también a un joven subir las escaleras cargando un cesto para la ropa sucia. Mientras la comisión policial realizaba sus investigaciones, Davit apareció “casualmente” en el hotel. Fue arrestado. Ocho días después, lo fue también su amigo Kurt Franke.


Toda Viena está atónita a raíz del refinamiento del robo y asesinato en el Hotel Bristol. La policía ha logrado… Sangre fría, elaboración genial hasta en el mínimo detalle…
Por favor: ¿que Emo Davit y Kurt Franke ensayaron durante medio año? ¿Pero qué podía haber sido ensayado en este caso? ¿La violencia del golpe de bastón y su efecto sobre los huesos del cráneo; el empaque y ocultación de un cadáver en el cesto de la ropa sucia? No, no. Eso no se puede ensayar. Se trató si acaso de ensayos de utilería. Me imagino que el primer día de ensayos el pequeño Franke dejó abandonado el bastón en el suelo. Quizá también los guantes. Emo le propinaría un par de bofetadas, y Franke nunca más volvería a cometer estos errores… Durante los siguientes entrenamientos, guardaría muy juicioso bastón y guantes en su mochila.
¡Qué bello sería si estos objetos fueran olvidados en el lugar de los hechos! Un instrumento de asesinato tan excepcional, comprado por Davit en una tienda especializada y en su mejor acento de Trieste –la policía habría descubierto todo de inmediato…
En la noche anterior, Davit se despierta aterrado: ha olvidado borrar del bastón la marca de la tienda. Se pone de pie y lo hace.

Es claro que debe dejarse arrestar tras el asesinato, mientras su coartada aún esté tibia. Nada en su apartamento –que seguramente será registrado– puede hacer pensar en su cómplice. No debe olvidar regresar a Franke su cuaderno bancario. Si alguien encontrara en el cajón de Davit los ahorros de otro, éste se convertiría automáticamente en sospechoso. Y si alguien sospechara de Franke… todo estaría perdido.
Jamás he de mostrarme junto a Franke. Frecuentaré a todo el mundo, durante medio año entablaré nuevas amistades y acompañaré a mis nuevos amigos hasta su casa; ¡pero nadie puede verme con el pequeño Franke!

¿Y si Miss Julie no muere de inmediato? Entonces le cortamos el gaznate con una navaja de afeitar y luego la empacamos en el cesto de la ropa sucia. ¡Ja, ja, ja: todo el mundo va a pensar que se largó con las joyas!

Pero ponen otra cara cuando está hecho… Resulta, oh sorpresa, que los seres humanos a veces sangran cuando uno les cercena la garganta. De haber pensado en eso, les habría bastado dar otro garrotazo (mortal) con el bastón o apretar un poco más el lazo alrededor del cuello.
El asesino tiene ahora una mancha roja enorme en el pantalón y su ayudante, quien en media hora piensa presentarse ante la policía “sin sospechar nada”, le presta, sin pensarlo dos veces, el gabán con que todo el mundo lo vio entrar en el hotel. (En la habitación de al lado se encuentra todo el guardarropa del barón Vivante.)
Sobre el suelo queda olvidado el bastón, que lleva todas las marcas de la tienda especializada. ¿Los guantes de Davit? Los dos genios asesinos también los olvidan junto al cadáver. Davit permanece junto al cofre robado en su casa de la calle Kärntner, y Franke regresa al hotel. De la habitación de Miss Julie salen ya gritos de alarma, así que Franke baja las escaleras de nuevo, no bien las ha subido.
En la libreta de apuntes del arrestado Davit se encuentra un plan del asesinato. Un plan exacto con flechas y todo. Aún cuando uno no quisiera creerlo, un plan así resulta algo sospechoso, ¿no?
Según las informaciones unitarias de la prensa, el plan fue hallado sólo cuatro días después del asesinato. Claro: ¡quién va a querer revisar la libreta de apuntes de un sospechoso de asesinato! Podría contener cosas privadas…
Quizá el plan fue encontrado el mismo día del asesinato, y la prensa fue informada sólo después. Pero si la policía hubiera hallado el esbozo el mismo día, habría sabido de inmediato que Davit estaba involucrado en el asesinato, y sólo era cuestión de encontrar al cómplice.

Pero una cosa es decirlo, y otra hacerlo: “sólo cuestión de encontrar al cómplice”. Y aquí los sabuesos policiales no tenían la menor idea… Davit sólo había frecuentado al practicante Franke, era visto todos los días entrar en su oficina y salir de ella, solía (a pesar de ser casi el doble de viejo que Franke) estar con él día y noche; incluso hace rato se había empezado a hacer comentarios sobre su posible homosexualidad. Y el cuaderno de ahorros de Franke estaba en la habitación de Davit. ¡Al parecer habría sido una ofensa contra la inteligencia y el refinamiento del arrestado pretender que su mejor amigo había sido también su cómplice!
¡Y que cómplice! ¡Qué inteligencia! Se había vestido (¿no lo hemos leído todos en titulares gigantescos?) de jockey. Yo me imagino a un jockey así: una gorra de seda amarada al cuello, mitad roja, mitad verde; una camisa de satín de los mismos colores; unos pantalones amarillos de montar, bien apretados; botas de jinete con espuelas y una fusta en la mano. Pero seguramente no se veía así. Ni siquiera llevaba una fusta, ni siquiera un fuste, ni siquiera pantalones cortos, ni siquiera un uniforme; apenas su traje de oficina más viejo. Eso sí. Llevaba un gorro, ¡claro!, un gorro y una mochila a la espalda, de modo que todo el mundo se paraba en la calle y decía: ¡oh, un jockey!
Después del asesinato: Franke le paga a sus padres una deuda antigua, le presta a una familia novecientas coronas, bota la casa por la ventana (no vaya a ser que la gente empiece a sospechar por su exagerado sentido del ahorro), le cuenta a todo el mundo que se ha hecho rico junto a Davit gracias a negocios con alimentos, le pregunta a los periodistas que lo entrevistan si no será un acto de fiel amistad achacarse el asesinato, y esconde una parte del robo… en la oficina de Davit. El traje sangriento, que quizá podría implicarlo, lo tira a un canal del Danubio, el cofre de las joyas lo oculta (“el experto visitante de cine”, según los medios), juntos con los instrumentos del asesinato, en su propia casa.
Por fin, la policía convoca a Franke por algún motivo que los nobles periódicos no airean (acaso por indicaciones de sus conocidos, para quien desde hace cinco días el hombre es más que sospechoso). Allí, sin que se lo soliciten, Franke entrega con toda la calma del asunto la llave del apartamento de Davit; según éste, allí se encuentra el gabán que la policía busca con desespero. Cuando le preguntan por el asesinato, Franke confiesa todo: “las joyas están en mi apartamento”, informa. ¡Ahora hay que actuar a toda velocidad! La comisión investigadora de la policía tiene la gran idea de enviar un par de detectives al apartamento del amigote de David, donde hallan las cosas. En marcha triunfal, son puestas bajo custodia en la Oficina de Seguridad.
El ministro de Asuntos Interiores de Austria también está allí, su presencia es requerida con urgencia (claro, como en este año de 1918 todo está tan tranquilo en el interior de Austria…); el ministro dispara alabanzas a diestra y siniestra, casi tan vigorosas como las que la prensa dedica a la inteligencia de la policía y los asesinos.
Sólo falta el instrumento del asesinato, la navaja. ¿Dónde estará? Está en el apartamento de Franke, quien con diabólica sangre fría la ha puesto sobre su lavabo. Pero los Sherlock Holmes han dado con ella: el misterio ha sido develado.

* Por la traducción: Copyright / Derechos reservados de autor HDCA


* Ilustración: George Grosz - Selbstmord (Suicidio), 1916